¿Sigue importando la IT?

Se cumplen nueve años de la publicación en la revista de negocios de Harvard del artículo de Nick Carr “Does IT Matter?”. Carr, un periodista avispado (sea dicho con respeto hacia los periodistas y las avispas), proponía la idea de que las TIC se habían convertido en “commodities” (servicios públicos de primera necesidad y bajo precio, como el agua, el gas o la electricidad), fáciles de copiar y de extender, mientras seguían (en aquella época) comprándose y pagándose como artículos de lujo. En su opinión, la informática (como el agua o la electricidad, de nuevo) es más una fuente de riesgo operativo (una caída de sus sistemas paraliza a cualquier empresa) que de ventaja competitiva (existe más capacidad y funcionalidad que las necesidades de negocio que se necesitan cubrir, individual y globalmente). En consecuencia, Carr animaba a las empresas a recortar costes en IT, mejorar la utilización de la capacidad actual, externalizar su gestión a especialistas y retrasar nuevas invesiones.

El pobre Carr no sabía mucho de informática ni de empresa pero tuvo la fortuna de acertar en el momento (la crisis económica, financiera, organizativa y de creatividad) que siguió a la burbuja tecnológica de 2001 y en el estado psicológico, de escepticismo y hastío que vivían los ejecutivos e inversores. Durante los años 90, la inversión TIC en Estados Unidos había llegado a representar un tercio del total de inversiones de las empresas en cualquier clase de activos y las promesas de mejora de productividad, valor de mercado o ventaja sobre la competencia, a juicio de muchos, no se habían cumplido.

El artículo de Carr fue una sacudida e hizo daño, la verdad, pero también provocó una formidable reacción de la comunidad científica, de los practicantes y de todo el (poderoso) sector de fabricantes y proveedores de servicios TIC. Hasta Bill Joy, cofundador de Sun, se preguntaba en una intervención en el Foro Económico de Davos de 2003: “¿Y si resulta que la gente (consumidores y empresas) ya ha comprado todas las cosas (productos y servicios informáticos) que necesita?”.

Entre las réplicas y contrarréplicas pueden encontrarse algunas de las páginas más doradas de la literatura de dirección de los sistemas de información (Management of Information Systems), como los artículos de Seely Brown (ex director del laboratorio Xerox en sus mejores años) con John Hagel III o los decanos McFarlan y Nolan (de la Harvard Business School).

La crítica más inteligente no dejaba de aceptar los daños que había producido el gasto desordenado e irracional en la implantación de grandes sistemas en las empresas (la burbuja de los ERP y el año 2000) o en la construcción de grandes infraestructuras (como los sistemas submarinos de fibra óptica), las promesas de vendedores sin escrúpulos, la credulidad de los ejecutivos y la volatilidad de las inversiones que cayeron cuando se demostró que no tenían detrás clientes, beneficios ni un modelo de negocio sostenible. Reconocían también la comoditización de algunas partes de la informática (como la gestión de infraestructura, el mantenimiento de aplicaciones o ciertos paquetes de empresa de uso general). Reconocían, en definitiva, que a lo largo de los años, y a medida que había aumentado y se había generalizado el consumo de las tecnologías, la importancia de las TIC como fuente de ventaja competitiva estaba disminuyendo (como ocurre con cualquier otra cosa, por lo demás).

Sin embargo, el argumento central y el más útil para nosotros, es que las tecnologías de la información y las comunicaciones, consideradas aisladamente de su uso social y empresarial, ni aportan ni dejan de aportar nada y que, en realidad, lo que crea valor y ventaja competitiva, lo que importa, es la manera en que las empresas, los individuos y los directivos son capaces de utilizarlas, implantarlas y explotarlas. Los avances en las tecnologías de la información proporcionan (y han seguido proporcionando) oportunidades sin precedentes y multiplican (y han seguido multiplicando) otras que ya teníamos, pero depende de nosotros capturar sus beneficios.

Seguiremos en otra entrada, si resulta de interés, desgranando los argumentos de la polémica y lo que ha aportado la investigación empírica al final del día sobre todo esto.

Nota:

El artículo original de Nick Carr (HBR, Mayo 2003) y las réplicas y contrarréplicas más interesantes se encuentran en una edición especial muy recomendable: Harvard Business Review at Large (Reprint R0305B).

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