¿Qué hay detrás de un trabajo final brillante?

Ya han pasado más de dos semanas desde la ceremonia de entrega de la tercera edición de los premios UOC-RMF a los mejores trabajos finales (TF) de los Estudios de Informática, Multimedia y Telecomunicación (EIMT). Una edición que, como las dos anteriores, mostró –mediante la presentación pública de 6 finalistas–  la gran calidad que destilan muchos de los TF que se realizan en los grados y másters de los EIMT de la UOC.

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Ganadores de la 3ª Edición de los Premios UOC_RMF (de izq. a dcha.): Iván Martín, Ángel M. López y Cristóbal Selma.

Pero en este post no me centraré en los premios en sí, sino que me gustaría prestar especial atención al backstage de los TF. Porque detrás de cada TF hay un estudiante y, detrás de éste, una historia. Una historia de superación, sacrificio y, sobre todo, ilusión. Éstos son, a mi modo de ver, los valores que tienen los grandes trabajos finales, aquellos que traspasan la excelencia y brillan con luz propia.

Superación

Todo trabajo final que cruza la línea de la excelencia nace de un reto –ya sea personal o no. Un reto que suele ser estimulante a la par que cautivador y que surge de intentar dar respuesta a una pregunta que empieza por cómo: ¿Cómo eliminar un parásito de las abejas sin usar insecticidas? ¿Cómo hacer que un ordenador identifique emociones a partir de la voz? ¿Cómo una app puede ayudar a los padres a gestionar los cuidados de su bebé o a las personas con problemas renales a controlar su enfermedad? ¿Cómo las TIC pueden mejorar la gestión de un restaurante? Éstos son ejemplos de preguntas que se hicieron algunos de los finalistas de los premios UOC-RMF. Como se puede apreciar, son preguntas cuyas respuestas –o mejor dicho, la búsqueda de dichas respuestas– son todo un reto.

En muchas ocasiones, para responder a las preguntas planteadas en los TF, los estudiantes deben ir un paso más allá de lo aprendido en la carrera. Muchos no se atreven a dar ese paso, otros, en cambio, no sólo no se achantan sino que se crecen –como profesionales y como personas. Son estos últimos los que hacen ese TF que tiene algo especial. Y su TF es especial porque han sido capaces de superar a la mejor versión de ellos mismos con tal de superar el reto planteado por su trabajo. ¿Cómo sino una estudiante del Máster de Multimedia iba a programar en Android una app para padres cuando su formación inicial es graduada en Comunicación Audiovisual y en el máster no había hecho nada de programación para móviles?

Pero como es de suponer, un TF no es un camino de rosas. Más bien al contrario, tiene sus altibajos y, demasiadas veces, más bajadas que subidas. Si preguntamos a cualquier estudiante que haya realizado ya su TF, nos dirá que, como mínimo, hubo una vez en que se vio superado: ante él había un muro “insalvable” y el trabajo estaba demasiado avanzado como para retroceder y cambiar el rumbo. Aquí es donde el TF pone a prueba la adquisición, por parte del estudiante, de una competencia básica del siglo XXI: “ser capaz de encontrar soluciones” o, dicho de manera más vulgar, “saberse buscar la vida”. Efectivamente, es justo lo que estás pensando, todo buen TF que se precie, certifica por sí mismo la adquisición de dicha competencia por parte de su autor. Y saber encontrar una solución es superar una adversidad, en definitiva, un reto. Y si algo está claro en esta vida, es que toda superación es una victoria.

Sacrificio

Un TF no es una asignatura más, es especial. Para empezar, tiene más créditos que ninguna otra asignatura de la carrera. Esto implica que el estudiante debe dedicarle un mayor número de horas. Esta mayor dedicación se convierte en un sacrificio mayor y, más grande aún, si se trata de un estudiante UOC, quien ya, en un semestre normal, hace un gran esfuerzo para compaginar estudios, trabajo y familia. Así pues, un TF es sinónimo de más horas sin dormir, más fines de semanas encerrado en casa, en definitiva, de más sacrificio. Y claro está, el grado de sacrificio es directamente proporcional a la magnitud del reto y al afán que el estudiante tenga por superarlo.

Llegados a este punto, mención especial merecen los allegados del estudiante, quienes sufren y comparten dicho sacrificio. Es más, en muchas ocasiones, resultan piezas clave del éxito de un TF. Sin ir más lejos, recuerdo la naturalidad con la que la mujer de uno de los ganadores de la edición pasada me explicaba cómo había participado en los tests del TF de su marido. Ella misma bromeaba diciendo que le tendrían que convalidar alguna asignatura después de escuchar (y aguantar) a su marido. Y es que tanto la carrera como el TF, no se hacen solos, son un sacrificio colectivo. Un sacrificio que, como parte positiva para el estudiante –además de finalizar el TF y con ello la titulación–, le permite identificar a aquellas personas que verdaderamente están a su lado apoyándole, porque simplemente le quieren. Un apoyo incondicional que hace que el estudiante esté siempre en deuda con esas personas. Y es que detrás de cualquier gran trabajo final, hay una gran pareja, un gran amigo, una gran familia.

Ilusión

La ilusión es ese motor que a base de un carburante llamado pasión es capaz de moverlo todo. Sin ilusión, no hay TF brillantes. Ilusión por hacer las cosas bien, por demostrar a la sociedad lo que uno vale, ilusión por contribuir con el TF a hacer de este mundo un lugar mejor, etc. Gracias a la ilusión convertida en motivación, uno puede pasar horas y horas haciendo cualquier cosa. Para algunos esa cosa puede ser construir una maqueta, para otros componer un álbum de fotos familiar, para otros entrenar duro en el gimnasio y, para aquellos que llegan  al final de la carrera, esa cosa es inevitablemente elaborar un trabajo final. Ya que es obligatorio hacer el TF, ¿por qué no hacerlo ilusionado? ¿por qué no hacer de tu TF, tu hobby?

Así pues, ¿qué hace brillante a un trabajo final?

Un TF dice mucho de su autor. Es la mejor carta presentación que uno puede entregar a la hora de buscar trabajo. Nos habla de sus conocimientos (i.e. temática tratada) y de sus competencias (p.ej. afán de superación, compromiso, motivación, adaptación al cambio, etc.). Así pues, yo lo tengo claro. Si me preguntas ¿qué es lo que hace brillante a un trabajo final?, mi respuesta es sencilla: la persona que hay detrás de él.

Trabajo ¿final?

Y ya que hablamos de trabajo en términos laborales, cabe destacar que muchos trabajos finales brillantes no son el punto final a una carrera. Más bien al contrario, son el comienzo de una nueva carrera, puesto que abren la puerta a un futuro emprendedor. Esto es lo que precisamente les va a ocurrir a los 6 finalistas y a 21 trabajos más que se presentaron a la 3ª edición de los premios UOC-RMF. Porque gracias a HUBBIK –la plataforma de emprendimiento de la UOC– y al asesoramiento de la Ramon Molinas Foundation (RMF), los 27 estudiantes que hay detrás de estos trabajos tienen la posibilidad de formarse para ser emprendedores y hacer de su trabajo final, un modo de (ganarse la) vida.

 

David García Solórzano es Doctor por la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) e Ingeniero en Informática y Multimedia por la Universitat Ramon Llull (URL). Es profesor de los Estudios de Informática, Multimedia y Telecomunicación de la UOC donde ejerce actualmente como responsable de trabajos finales. Además es investigador del grupo ITOL en temas relacionados con el aprendizaje en línea.

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