Un sistema de comunicación distribuido de 37 billones de elementos

El siglo XXI es el siglo de la multidisciplinariedad. El conocimiento avanza y se extiende solapando disciplinas de tal forma que hoy día resulta prácticamente imposible atribuir el éxito al conocimiento de una sola persona. Hoy en día son los equipos los que consiguen el éxito por encima de la individualidad  de otros tiempos.

En la época del big data, cuando se habla de cifras de billones de elementos interconectados tendemos a  pensar  en grandes y potentes ordenadores distribuidos a escala mundial, trabajando en sinergia para conseguir resolver problemas, extraer patrones de comportamiento o desarrollar avances en el campo  de la inteligencia artificial. Al pensar en magnitudes tan elevadas nos alejamos de la unidad para irnos al todo. Cuando a alguien le hablan de un sistema de comunicación de 37 billones de elementos cuesta imaginarse que este sistema se encuentre en nuestro propio organismo. Si, 37 billones de elementos celulares interconectados consiguen que nuestro organismo funcione con el grado de precisión de un reloj suizo, comunicándose cual red fotónica para  mantener la homeostasis de nuestro organismo y regular de forma casi instantànea cientos de parámetros vitales.

La investigación en el campo de la medicina durante los últimos años ha ido enfocada hacia la mejora de los procesos biológicos que permiten el buen funcionamiento de nuestro organismo. Atacar al patógeno ya no es suficiente para acabar con la enfermedad, y la aparición de un número cada vez creciente de enfermedades de etiología compleja como las autoinmunes, degenerativas y otras ha llevado a cambiar el enfoque de la investigación hacia el correcto funcionamiento celular. El objetivo diana deja de ser el patógeno para pasar a una investigación en la mejora del funcionamiento celular del cuerpo humano.

El año 1999 el Dr Günter Blobel ganó el premio Nobel de medicina al demostrar que “las proteínas tienen señales intrínsecas que determinan su transporte y localización”. Existen numerosas enfermedades que parecen estar causadas por errores en los mecanismos de comunicación,  señalización y transporte de estas proteínas dificultando o impidiendo el correcto funcionamiento del organismo y acabando en muchos casos en enfermedades crónicas y/o incurables.

Es tal la importancia de este descubrimiento que varios de los  últimos premios Nobel de medicina se han relacionado con el estudio de los mecanismos naturales del cuerpo para llevar a cabo una correcta comunicación celular, siendo este un campo de gran interés en la investigación biomédica. El proceso biológico de nuestro cuerpo humano genera señales de naturaleza electromagnética de sobras conocidas y medibles tanto en  sencillas pruebas como un electrocardiograma como con complejos sistemas de neurotecnología que monitorizan la actividad cerebral.

Sistema de transmisión y recepción.

Sistema de transmisión y recepción.

Si partimos de la base de que un organismo vivo es un gran sistema de comunicación celular en el que intervienen señales electromagnéticas, resulta razonable pensar que el entorno puede ejercer un efecto sobre estos procesos de comunicación. El avance tecnológico actual nos lleva a vivir en un espacio artificial afectado por campos electromagnéticos que crecen de forma indiscriminada y con escasa regulación, creándose  la duda razonable de un posible efecto nocivo de estas interferencias sobre nuestro sistema de comunicación biológico.

El campo de la medicina se enfrenta a lo que puede ser el reto de salud más importante del siglo XXI y esto se está convirtiendo en motivo de preocupación de los gobiernos. La Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa aprobó una resolución sobre “Peligros potenciales de los campos electromagnéticos y su efecto en el medio ambiente” en su sesión del 27 de Mayo del 2011. En esta resolución se insta a los gobiernos a aplicar el principio de precaución mientras la evaluación científica no sea concluyente respecto a los posibles riesgos sobre la salud. Se pide el aumento de financiación para investigaciones independientes para replantear las bases científicas y los estándares actuales para campos electromagnéticos no ionizantes. Para ello insta a los estados a aplicar el principio ALARA (“As Low As Reasonably Achievable”) como principio básico para garantizar la seguridad frente a radiaciones electromagnéticas. Esto debe ser especialmente tomado en cuenta para los niños y adolescentes, por ser ellos más sensibles a la radiación e insta a utilizar principalmente conexiones por cable y regular o prohibir los teléfonos móviles por los escolares en la escuelas. Además de esta prohibición se recomienda que se establezcan nuevos límites en los niveles de exposición así como un etiquetado en los dispositivos que avise de la existencia de radiación electromagnética. Se recomienda igualmente que se realicen “campañas de información específicas dirigidas a profesores, padres y niños para alertar del riesgo de uso temprano, imprudente y prolongado de los teléfonos móviles y otros dispositivos que emiten microondas”, así como planes de información para la sociedad.

Los resultados de este estudio según la propia AEMA (Agencia Europea del Medio Ambiente) indican que hay indicios suficientes o niveles de evidencia científica de efectos biológicos nocivos. Estas evidencias, según el Consejo de Europa, son suficientes para aplicar el principio de precaución y tomar medidas preventivas de carácter urgente.

Ante este escenario, resulta cuando menos sorprendente ver que mientras países como Francia están tomando medidas legislativas con la prohibición de la wifi en las escuelas o en viviendas donde habitan menores de tres años, en nuestro país no se hable del tema o sencillamente se mire hacia otro lado.

Es bien conocido que existen radiaciones electromagnéticas con efectos positivos sobre la salud y que vienen utilizándose tradicionalmente con usos medicinales en dispositivos médicos. ¿Quiere esto decir que toda exposición electromagnética será positiva o inocua? ¿Debemos seguir actuando convirtiendo nuestras ciudades en campos de radiación cuando existen alternativas potencialmente más seguras? La ignorancia es muy atrevida y lleva a la sociedad a tomar decisiones que a largo plazo pueden ser muy costosas. La espera de pruebas científicas que muchos no tienen interés en realizar puede llevar a repetir casos de gran impacto para la salud y con altos costes para la sociedad como el caso del amianto, el tabaco o la gasolina con plomo.

La comunidad científica, y en especial los profesionales de las TIC deben reforzar su posición y dar un paso adelante en su importancia en la sociedad y el desarrollo de la misma. Existen lobbies con gran reconocimiento social como el de los profesionales de la salud, pero conviene recordar, sin desmerecer su labor, que la mayoría de los procesos de diagnóstico y muchos de los tratamientos médicos actuales no se podrían realizar de no ser por los ingenieros que desarrollan los equipos médicos de alta precisión que se utilizan actualmente y que permiten salvar muchas vidas humanas.

Los ingenieros de telecomunicación son los profesionales de este país con atribuciones profesionales para el diseño, medición y certificación de equipos de radiación y se presenta ante ellos un reto de dimensiones mayúsculas. Hay voces que alertan que de demostrarse los efectos nocivos de las radiaciones con pruebas concluyentes la sociedad se enfrentaría al que sería el mayor reto de salud del siglo XXI para los países industrializados. Son estos profesionales y no otros, quienes  deben dar un paso al frente y liderar el progreso tecnológico participando activamente en la normativa, la certificación de los proyectos así como en la determinación de la hoja de ruta a seguir en este contexto. Los gobiernos  no deberían permitirse el lujo de prescindir de los profesionales expertos en radiación en una toma de decisiones de tal calibre e impacto social, especialmente si estas decisiones pueden afectar o poner en riesgo el buen funcionamiento del sistema de comunicación más avanzado del mundo, nuestros 37 billones de células. Es hora ya de que los gobiernos den un paso al frente en el impulso de investigaciones serias independientes y multidisciplinares que permitan determinar la realidad de esta problemática. Cuesta creer que se disponga de un sistema financiero altamente regulado y que se tomen tan a la ligera aspectos con unos riesgos potenciales tan elevados.

 

Jose Antonio Morán Moreno es doctor en Ingeniería de Electrónica por la Universidad Ramon Llull. Actualmente trabaja como profesor en la Universitat Oberta de Catalunya, donde es el director académico del Máster Universitario en Ingeniería de Telecomunicación.

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