Sobre el valor de los Sistemas y Tecnologías de la Información

¿Cuánto valen o qué valor aportan los productos y servicios informáticos? Por ‘valor’ (en sentido económico) entendemos “una medida del beneficio que se puede obtener de bienes o servicios” [1].  Muchos economistas (y otros pensadores) han adoquinado la historia con sus teorías del valor: desde T. de Aquino a R. Nozick, pasando por A. Smith, D. Ricardo, K. Marx, L. Walras o J. Schumpeter, por citar solo algunos muy señeros.

Dimensiones del valor económico

No parecen haber alcanzado los expertos  una teoría común sobre el valor (como se acepta que la hay  sobre la cosmogénesis o la evolución). Quedémonos con dos grandes polarizaciones:

  • el debate sobre la naturaleza “objetiva o subjetiva” del valor; y
  • la dialéctica “valor de uso vs valor de cambio” (la paradoja del diamante de Adam Smith).

La cuestión es que, cuando queramos comparar, priorizar, elegir, necesitaremos recurrir al ‘valor de cambio’ y a su referente, la moneda. Según el propósito y la circunstancia interesan uno u otro de los paradigmas. (Es algo así como lo de la partícula y la onda, pero aún menos claro).

Nos interesan estos temas para poder reflexionar sobre el valor de sistemas y tecnologías de la información en concreto y —por ejemplo— su inclusión o no y su priorización y administración en nuestra cartera (portafolio) de inversiones del próximo año. Algo a lo que el profesor José Ramón Rodríguez ha dedicado un post reciente en este blog. Permitidme hoy una excursión un poco teórica sobre las paradojas del valor en sus diferentes dimensiones.

Un ejemplo de la primera dicotomía resultará claro para quienquiera que en esta crisis haya querido/necesitado vender su casa. El valor, en economía, no es necesariamente el precio de mercado. Por otra parte, el valor de algo no es igual para mí que para otros; y depende de las circunstancias.

En cuanto a la segunda dicotomía, una botella de agua tendría (en general) alto valor de uso en una situación de sedientos perdidos en el desierto; en cambio, un diamante tiene (en general) alto valor de cambio en el Passeig de Gràcia y nulo valor de uso (y de cambio) entre sedientos en el desierto. 

Es más frecuente establecer el valor como valor de cambio, sobre todo el referido a una moneda (aunque antaño también valía lo de “te cambio estos dos huevos por tres tomates y una lechuga”, la economía del trueque). Recurrir a la moneda, al precio, es una forma ‘finalista’ de referenciar, de comparar. Cuando en el mercado se produce una transacción, el comprador manifiesta (explícita o tácitamente) que el precio acordado compensa su valor (esperado) de uso [1] y el vendedor manifiesta que el precio acordado coincide con o le compensa del coste de producción [2].

El recurso masivo a servicios informáticos en el mercado (muchos de pago dinerario; otros, muy populares como redes gratuitas), encubren pagos en especie, como la atención a publicidad o la disposición de los datos del usuario y su perfil de interés o de compra). Recientemente, el ransomware ha puesto de relieve otra faceta del valor de cambio.

Desde el siglo XVIII ha habido corrientes importantes que postulan que el valor depende del trabajo incorporado al proceso productivo, aunque ya Adam Smith (1723-1790) introdujo el concepto de coste de producción, incluyendo el coste de los otros factores de producción (la tierra y el capital, en el modelo de la época). El marxismo también deviene de esa corriente.

El valor de los sistemas de información ha sido considerado tradicionalmente como (principalmente) un coste de producción, o sea, el coste del trabajo necesario para desarrollarlos, desde la época (no tan lejana, hará 30-40 años) en que el coste de los equipos inició su acelerada reducción relativa. Así, las técnicas y métricas más o menos refinadas de valoración-presupuestación de sistemas de información se han basado en la valoración-presupuestación del software (SW), quizá mayorándolo con un coeficiente para cubrir otros costes.

Los métodos usados intentan generalmente establecer una correlación entre el trabajo necesario (en horas-persona o meses-persona de un determinado perfil técnico) y una(s) métrica(s) del tamaño y complejidad del SW.  Entre estas métricas está la clásica (y aun en uso frecuente) de la cuenta de líneas de código fuente —SLOC; los estimadores de complejidad o de entropía; CoCoMo de Boehm; y el más moderno FPA (Análisis de Punto Función), normalizado por ISO, cuyos estimadores son certificables

Dichos métodos nos permiten, con mayor o menor precisión (y esfuerzo), estimar tamaños del SW, cantidad de recursos de desarrollo (meses-persona [4]) y plazos, pero no nos permiten gestionar una cartera de inversiones en informática ni menos aún una cartera de inversiones en la que las de informática compitan con otras como invertir en máquinas-herramienta o comprar una empresa. Para esto se han establecido otros métodos, a los que dedicaremos algunas entradas en las próximas semanas.

Notas y referencias

  1. https://en.wikipedia.org/wiki/Value. (URL consultado 20170917). Sorprende que no tenga versiones en castellano ni catalán.
  2. Excepcionalmente, en el caso de un comerciante, sería su valor de cambio.
  3. Aquí ya estoy haciendo una gran simplificación, pues —en las decisiones de vendedor y comprador— el coste tiene gran influencia, pero no es determinante.
  4. Al referirme a “meses.persona” no puedo dejar de recordar —y recomendar a quienes no los conozcan— los ensayos de Brooks Jr., F. P. (1975). The mythical man-month. Essays on Software Engineering. Addison-Wesley Publishing Company Inc.  Si el Capítulo 2 (con el mismo título que el libro) es interesante, el Cap. 1: “The Tar Pit” [El Pozo de Brea] debiera ser de lectura obligatoria.

 

Manolo Palao Garcia-Suelto es colaborador docente de las asignaturas de Planificación y Dirección Estratégica de Sistemas de Información de la Universitat Oberta de Catalunya y miembro de ISACA y del ITTrends Institute.

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